Un reciente
estudio cualitativo sobre personas mayores de 65 años que han sufrido un ictus señala la experiencia de pérdida de control sobre la propia vida que se sufre en la fase aguda y destaca la relevancia de "estar conectado" (vínculos afectivos -familia, amigos-, recibir cuidados no solo físicos sino psico-espirituales) para optimizar el proceso y las expectativas de recuperación. Dicho estudio
complementa un trabajo anterior que hipotetiza sobre neuronas espejo. Con posterioridad, se ha investigado sobre factores determinantes de la persistencia del
estrés emocional durante la fase crónica.
Existen equipos médicos que, implícitamente, consideran insignificante el papel que juegan los factores psicosociales y espirituales en el tratamiento de los eventos cerebrales agudos, y vacuo el esfuerzo por recuperar a los ancianos. La medicina basada en pruebas (MBE) demuestra que la
edad avanzada, "per se", no es un factor determinante de mal pronóstico. Sin embargo, las investigaciones encuentran una gran variabilidad en la recuperación relacionada con que se atienda o no de forma integral.
La edad (en ésta como en otras enfermedades) no debería ser un criterio para limitar el esfuerzo terapéutico sino
un factor entre otros de los que configuran el pronóstico,
últimamente cuestionado para algunas patologías. Lo contrario es
ageísmo.
Una atención sanitaria de calidad tendría que responder a una concepción holística del ser humano y facilitar espacios de recuperación tras eventos agudos. Solo así es posible ajustarse a los valores éticos y al máximo nivel de pruebas científicas.
Ana Costa